Consolación

En la tristeza, en la enfermedad, en el luto, en la persecución, el hombre tiene la necesidad de consolación. Sus familiares y amigos acuden a consolarlo cuando los demás lo abandonan. Pero aun esas palabras son tan solo un tenue alivio. El hombre se queda solo con su dolor. En los momentos decisivos estamos solos

En la Biblia el caso típico, símbolo de todas las desolaciones, es el abandono total de Jerusalén, arrasada, saqueada, quemada, deportada al exilio y olvidada de Dios: “Dios me ha abandonado, el Señor se ha olvidado de mi” (Is 49,14). Pero tanto el profeta Jeremías como el profeta Isaías ofrecen el libro de las consolaciones, Dios se presenta como un padre cariñoso anunciando que “por un breve instante te abandonare, pero con gran compasión te recogeré” (Is 54,1-9)

Hay ciertos momentos en que nada ni nadie es capaz de consolarnos. La desolación alcanza niveles demasiado profundos: ni amigos ni familiares ni amantes pueden llegar a esa profundidad. A veces se dan situaciones indescriptibles, incluso indescifrables par nosotros mismo, no se sabe si es soledad frustración, nostalgia, vacío o todo junto. Solo Dios puede llegar hasta el hondón de esa sima

No hay alma que no tenga la experiencia de que, hallándose en ese estado, repentinamente y sin saber cómo, uno siente una profunda consolación como si un aceite suavísimo se hubiera derramado sobre las heridas. Dios bajo sobre el alma herida como una blanca y dulce enfermera

Otras veces el hombre llega a sentirse como un niño impotente: desengaños, una grave enfermedad, un fracaso definitivo, la proximidad de la muerte… La desolación es demasiado grave, sobrepasa todas las medidas. ¿Quién podrá consolarlo? ¿El amigo? ¿la esposa? “Como una madre consuela a su niño, así los consolare yo” (IS 66,10-14) El consuelo de Dios sabe a aceite derramado que llega hasta las heridas de la desolación.

Y si la desolación es debida a la ausencia de Dios, entonces una visita de Dios es capaz de “trocar la oscuridad en la luz”; brotaran manantiales de agua y los montes se transformaran en caminos y los desiertos en jardines” (IS 43,1-4)

Muéstrame tu rostro, Ignacio Larrañaga

Editorial: San Pablo

Escribe un comentario