Director: Alonso Álvarez Barreda
Director: Alonso Álvarez Barreda
Los ojos de María. ¡Quién pudiera haberlos visto realmente tan siquiera una vez, aunque fuera por un instante! Sólo a algunos privilegiados les tocó. Nosotros hemos de contentarnos con verlos desde la fe o con soltar un poco nuestra imaginación para hacernos una idea de cómo eran.
Los ojos de María. Ojos hermosos, agradables, con esa belleza natural que no necesita de mejunjes ni postizos para ser encantadores. Ojos sencillos, de esos que no saben mirar a los demás desde arriba. Ojos bondadosos, que nunca se han desfigurado con guiños de ira o de odio. Ojos sinceros, que no han aprendido a mentir; testigos de un interior sin sombra de dobles. Ojos atentos a las necesidades ajenas y distraídos para fijarse y molestarse por sus defectos. Ojos comprensivos y misericordiosos que, ante pecadores y malhechores, se transforman en manos abiertas que ofrecen la gracia a raudales. Esos ojos cuya mirada Judas evitó al salir del cenáculo la noche de la traición… Esa misma mirada que a Dimas, en el Calvario, llevó a la conversión y al paraíso…
Ojos de mujer que reflejan nítidamente un alma preciosa, adornada de humildad, de bondad, se sinceridad, caridad, de comprensión y misericordia. Los ojos de María. Los ojos de un alma en gracia. Verdaderas ventanas al cielo. Porque cielo era toda su alma.
Los ojos de María, cuya penetrante y dulce mirada todo lo puede. Cuántos indiferentes se han visto interpelados por el brillo de pureza de esos ojos inocentes. Cuántos orgullosos han caído rendidos a sus plantas, desarmados por la mansedumbre que traslucen sus pupilas. Cuántos ánimos frágiles ante el mal se han armado de bravura y han vencido al tentador al recordar que Ella les miraba.
Cuántas veces la sola mirada de María fue sin duda bálsamo sobre el desgarrado corazón de algún vecino atribulado. Cuántas fue fuente de paz y consuelo que barrió de angustias el interior de algún contrariado pariente. Cuántas, esos luceros de su rostro, fueron luz cálida, manto que arropó de piedad e intercesión las almas atenazadas por el frío del pecado. Y cuántas siguen siendo aún todo eso y más para muchos de nosotros.
Autor: P. Marcelino de Andrés
Cristo es el único camino, un camino sobre el que se extiende, poderosa, la sombra de la cruz. Este es el único camino del seguimiento, de la misión, de la plenitud cristiana. Son, sin embargo, muchos los senderos que conducen a este camino. Son muchos los modos y tiempos con que Cristo llama a los hombres a caminar con él, junto a él. Está el sendero de la fidelidad conyugal y el de la consagración radical, está el sendero del sufrimiento y el de la entrega amorosa en el servicio a los necesitados, está el sendero de la vida pública y el de la vida oculta en el quehacer diario del hogar, está el sendero del espectáculo para descanso del hombre y el de la escuela para su instrucción.
Está el sendero de…Todos los senderos pueden, deben encontrarse en el mismo y único camino: Jesucristo, maestro de los hombres, redentor del mundo. Al entroncar nuestro sendero con el camino de Cristo percibiremos que no llegamos desnudos al camino, sino que portamos con nosotros nuestra cruz y nuestro calvario. Y nos convenceremos quizá que la cruz de Cristo está hecha de millones de cruces, y el Calvario que sostiene la cruz es un promontorio formado por muchos calvarios. Es el momento de preguntarnos si el sendero de nuestra vida está entroncado al camino de Cristo. Es el momento de suplicar al Señor que nuestros senderos confluyan siempre en el camino de Cristo maestro y redentor.
Autor: P. Antonio Izquierdo