La oración:1

Nunca debo cansarme de pedir a Dios lo que necesito. No es que Dios desconozca mis necesidades, pero quiere que acuda a él. Si no me lo concede, será porque no se lo pido bien, porque no me lo merezco o porque no me conviene. En ese caso, me dará otra cosa; pero la oración que sube al cielo nunca vuelve vacía. Como una madre que cuando un niño le pide un cuchillo con el que se puede cortar, no se lo da; pero le da un juguete. Y en caso de que en los planes de Dios esté dejarnos una cruz, nos dará fuerzas para llevarla. Dijo San Agustín : «Señor, dame fuerzas para lo que me pides, y pide lo que quieras». En nuestras peticiones se sobreentiende siempre la condición de si es bueno para la salvación eterna.

Hay una cosa que ciertamente Dios está deseando concedérnosla en cuanto se la pidamos. Es la fuerza interna necesaria para vencer las tentaciones del pecado. Sobre todo, si lo pedimos mucho y bien, Dios nos concederá la salvación eterna de nuestra alma. Cuando se piden cosas absolutamente buenas para uno mismo, si se piden bien, la eficacia de la oración es infalible. Aunque a veces Dios modifica la petición en cuanto a las circunstancias, tiempo, etc.

Si es para otro, puede ser que éste rechace la gracia: conversión de un pecador. Dios nos exige un mínimo de buena voluntad. Él lo pone casi todo; pero hay un casi nada, que depende de nosotros.

Pero la vida de la gracia, además de respirar, necesita -lo mismo que la vida natural- alimentarse. Dios también nos ha dado un alimento para la vida sobrenatural de la gracia. Ese alimento es la Sagrada Comunión, el verdadero Cuerpo del mismo Jesucristo bajo la apariencia de pan, que se guarda en el sagrario y es la Sagrada Eucaristía. Es el recuerdo que Jesucristo nos dejó antes de subir al cielo. Él se iba, pero al mismo tiempo quiso quedarse con nosotros, hasta el fin de los siglos, en el sagrario.


Autor: P. Jorge Loring

Escribe un comentario