“Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, y que había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado todos sus bienes sin provecho alguno, antes bien, yendo a peor, habiendo oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. Pues decía: “Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, me salvaré.” Inmediatamente se le secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal.
Al instante Jesús, dándose cuenta de la fuerza que había salido de él, se volvió entre la gente y decía: “¿quién me ha tocado los vestidos?” Sus discípulos le contestaron: “estás viendo que la gente te oprime y preguntas: ¿quién me ha tocado?” Pero él miraba a su alrededor para descubrir a la que lo había hecho. Entonces, la mujer, viendo lo que le había sucedido, se acercó atemorizada y temblorosa se postró ante él y le contó toda la verdad. El le dijo: “Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad.”
Marcos 5, 25-34
