“Que todo el daño nos viene de no poner los ojos en el verdadero camino” Santa Teresa
Ahora que pretendo definir la oración como un camino, me sale espontáneamente pensar en el libro del Éxodo y me resulta familiares Yavé-el Dios que hace camino con su pueblo-, Moisés-el guía de la marcha-el pueblo, que sufre y goza su proceso liberador, que se cansa, desconfía y, de la mano de Moisés, se aventura a conquistar la tierra prometida
Entre el pasado “salir de la tierra conocida”-la de los ajos y las cebollas, la de la esclavitud-, y el futuro “llegar a lo que Dios promete” hay un largo camino
Recorrerlo significa arrancarse, pasar desiertos en donde los caminos se confunden, resistir-en definitiva- a la tentación de volver atrás, de quedarse parados en cualquier oasis para dejarse llevar por Dios
Si nuestra experiencia de caminantes se reduce a cansancios, suspiros, desalientos no nos engañemos: acabaremos en el club de los parados voluntarios, pensando que la meta es una utopía. Moisés y muchos hombres y mujeres han llegado a la tierra prometida- tal vez con sandalias gastadas- pero felices
Orar , como caminar, es responsabilidad personal y nadie puede recorrer el camino por ti
Hay que vivir pasando, en actitud de peregrinos. “De paso” como el romero de León Felipe: Pasar tan solo una vez y siempre ligero
Pasar del egoísmo a la libertad, de la seguridad a la esperanza, de la indiferencia al compromiso, de un Dios lejano a un Cristo vivo, Señor y protagonista de la historia, del miedo a la certeza. “Yo estaré contigo”. Déjame actuar en tu pobreza, caminar con tus pies, abrir con tu camino, del “paso de todo” y al “paso hacia”
Y todo para dar paso a la gratuidad y dejar que los acontecimientos nos pasen a nivel del corazón y que la Palabra de Dios se transforme en agua y pan cotidiano
Tomado de: A orar se aprende Orando… Ana Ma. Cámara Menéndez stj