La oración es amar a Dios, dándome cuenta de que le amo (Pablo VI). Amar conscientemente, vivencialmente. Es decir, la oración es algo vivo, vital, vida…
Una vida auténticamente cristiana es por eso impensable sin oración. La oración es la respiración del alma (San Agustín), que la oxigena, que le da la vida. Sin ella perecería como el cuerpo sin aire. No, la oración no es una práctica de tantas en la vida espiritual, que se puede o no cultivar como algo interesante pero sin especiales consecuencias, como si fuese un adorno sin más de la vida
La oración es vida. La vida cristiana es oración. Más que un ejercicio debe de ser una actitud
La oración nos permite encontrarnos con nosotros mismos, conocer con facilidad nuestros límites y miserias, nuestros deseos y posibilidades “La oración es adonde el Señor ilumina para conocer las verdades” (Fundaciones 10,13) Donde descubrimos no sólo las telarañas sino hasta un polvito que haya en la misma (Vida 20,28)
Por todo ello se comprende la necesidad de vivir la oración. Y que esa necesidad se padezca y se sienta como algo vital, como alimentarse, dormir, hacer deporte… algo que detecta el hombre de hoy como el de siempre, el hombre que busca instintivamente a Dios entre la niebla (Antonio Machado), porque no quiere asfixiarse en su finitud, e intenta encontrar a su inquietud una salida. Los hombres de hoy necesitan orar, porque necesitan a Dios que es la dimensión esencial y fundante de la existencia humana
Fragmento del libro Volver a lo Esencial. Baldomero Jiménez Duque
